Ni enemigo ni vasallo. España ante la rivalidad estructural entre Estados Unidos y China

Hay informes que describen el mundo y otros que nos obligan a pensarlo mejor. “Ni enemigo ni vasallo pertenece claramente al segundo grupo. No propone una postura cómoda ni una neutralidad estética, sino que propone algo más exigente que es que España actúe con criterio estratégico propio en un escenario internacional marcado por una rivalidad que no ha creado, pero que condiciona todas sus decisiones relevantes.

La competencia entre Estados Unidos y China ya no es coyuntural ni episódica. Es estructural, prolongada y multidimensional y afecta a la seguridad, a la economía, a la tecnología y a las reglas del sistema internacional. En este punto, aunque España no sea una superpotencia, tampoco es un actor irrelevante. Precisamente por eso necesita pensar con más finura.

Pensar bien el problema antes de tomar partido

El informe acierta al no partir de posiciones ideológicas, sino de marcos analíticos clásicos de las relaciones internacionales.

Por un lado, la trampa de Tucídides, popularizada por Graham Allison (politólogo estadounidense especializado en poder y conflicto entre grandes potencias), que describe el aumento del riesgo de conflicto cuando una potencia emergente desafía a la potencia dominante. No como destino inevitable, sino como dinámica peligrosa de percepciones, miedos y errores de cálculo.

Por otro, la interdependencia compleja desarrollada por los politólogos estadounidenses Robert Keohane (referente del pensamiento institucional en relaciones internacionales. Defiende que los Estados pueden cooperar de forma estable mediante reglas e instituciones, incluso en un sistema internacional sin una potencia dominante) y Joseph Nye (creador del concepto de poder blando, la capacidad de influir mediante atracción, valores y legitimidad más allá de la fuerza) que recuerda que rivalidad y cooperación pueden coexistir. Estados que compiten estratégicamente pueden estar, al mismo tiempo, profundamente entrelazados en comercio, tecnología, finanzas y cadenas de suministro.

El valor del documento está en no elegir uno u otro marco, sino en asumir la tensión entre ambos. La interdependencia frena la guerra, pero no la elimina. La rivalidad aumenta el riesgo, pero no lo convierte en certeza.

China como actor estratégico, no como caricatura

Uno de los mayores aciertos del informe es huir de una visión simplista de China. El texto insiste en entender su cultura estratégica, marcada por la memoria del llamado siglo de la humillación, por la obsesión con la soberanía y por una narrativa de recuperación del lugar central en el sistema internacional.

Desde esa perspectiva, cuestiones como Taiwán no son negociables. No son un expediente más de política exterior, sino un elemento existencial para Pekín. Ignorar esta dimensión conduce a errores de cálculo graves.

Al mismo tiempo, el informe no idealiza a China. Reconoce que su modelo político es incompatible con la democracia liberal y que su política exterior busca modificar elementos clave del orden internacional existente. La clave no está en negar esa realidad, sino en gestionarla sin ingenuidad ni hostilidad automática.

Estados Unidos y la lógica de la contención

Frente a China, Estados Unidos actúa desde una lógica estratégica bien conocida. El control de los mares, las rutas comerciales y los espacios litorales clave sigue siendo central. Alianzas militares, refuerzo de la presencia en el Indo Pacífico y contención tecnológica responden a esa visión.

La rivalidad no se libra solo con fuerzas armadas. Se libra en semiconductores, estándares tecnológicos, control de datos, cadenas de suministro y acceso a materias primas críticas. La seguridad y la economía han dejado de ser compartimentos estancos.

El lugar de España en un mundo de grandes potencias

España es una potencia media. Tiene peso económico, posición geográfica estratégica, pertenencia a la Unión Europea y un anclaje firme en la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Pero no tiene capacidad para definir por sí sola el orden internacional.

Desde esa realidad, el documento propone una idea tan sencilla como incómoda: España no debe asumir como propia una rivalidad que no ha creado, ni renunciar a sus intereses por alineamientos automáticos.

Estados Unidos es el aliado principal en seguridad y defensa. Eso no se discute. China es un socio comercial relevante, un competidor tecnológico y un actor imprescindible en la gestión de problemas globales. Negar cualquiera de esas dimensiones empobrece la política exterior y limita la capacidad de decisión.

No se trata de neutralidad, sino de autonomía estratégica limitada pero real, ejercida fundamentalmente a través de Europa.

Autonomía estratégica europea como espacio de decisión

El informe conecta de forma natural con el debate sobre la autonomía estratégica europea. No como ruptura con Estados Unidos, sino como capacidad para reducir vulnerabilidades críticas y ampliar el margen de maniobra propio.

Para España, esto implica apostar por capacidades industriales, tecnológicas y de seguridad que eviten dependencias excesivas, especialmente en ámbitos sensibles como energía, infraestructuras digitales, datos, defensa y tecnologías críticas.

No se trata de desacoplarse de China de forma abrupta, algo que dañaría gravemente a la economía europea, sino de reducir riesgos y gestionar dependencias con criterios estratégicos, no solo de eficiencia económica.

Lo que este informe exige en la práctica

El verdadero valor de Ni enemigo ni vasallo no está en su título, sino en las decisiones que obliga a plantear las exigencias de:

  • Distinguir entre cooperación económica y dependencia estratégica.
  • Asumir que no todas las tecnologías son neutrales.
  • Aceptar que seguridad y economía ya no pueden separarse.
  • Pensar a largo plazo en un entorno de incertidumbre estructural.

Para la ciberseguridad y las tecnologías críticas, el mensaje es claro: la gestión del riesgo de proveedor, la resiliencia de las cadenas de suministro y la soberanía tecnológica dejan de ser cuestiones técnicas para convertirse en decisiones de Estado.

Pensar antes de alinearse

El mundo que describe este informe no admite respuestas simples. No hay bandos cómodos ni soluciones binarias. Hay tensiones, dependencias y decisiones que siempre tienen coste.

España no puede ser enemiga de China sin asumir un precio económico elevado. Tampoco puede convertirse en vasalla de nadie sin perder capacidad de decisión. Entre ambos extremos existe un espacio estrecho, pero real, para una política estratégica madura.

Ese espacio de trabajo que tiene que plantearse España no se improvisa. Se analiza, se construye y se defiende y eso es exactamente lo que este informe invita a hacer.

Como afecta a España la propuesta de Reglamento de Ciberseguridad revisado

Europa ha optado por gobernar la interdependencia en lugar de negarla, tal y como comentamos en esta entrada, y para ello ha decidido centralizar decisiones que antes eran nacionales. La nueva normativa de ciberseguridad no pregunta si España quiere ceder margen, lo da por hecho, porque entiende que la soberanía efectiva hoy no está en decidir en solitario, sino en influir en reglas comunes. Eso obliga a España a ejecutar decisiones europeas sobre incidentes, proveedores y dependencias estratégicas, incluso cuando el impacto económico o político se materializa en territorio nacional. La pregunta incómoda que deja abierta este informe no es si Europa se equivoca, sino si España está preparada para asumir que, en un mundo de rivalidad entre grandes potencias, decidir menos a nivel nacional puede ser el precio necesario para no acabar decidiendo nada en absoluto.

BADOS NIETO, Víctor. Ni enemigo ni vasallo: reflexiones sobre la visión estratégica de España frente a la rivalidad entre los Estados Unidos y China. Marcos teóricos para su comprensión. Documento de Análisis IEEE 79/2025. enlace web IEEE y/o enlace bie3 (consultado 28/01/2026). ni_enemigo_ni_vasallo_2025_dieeea79

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