Hay personas que, cuando se van, no dejan silencio sino caminos.
Este texto nace como homenaje a Juan Alarcón Montoya, pero también como una reflexión más amplia sobre esos hombres que entienden la vida desde el servicio, la coherencia y el ejemplo. Hombres que no se sitúan por encima de nadie, porque nunca lo necesitaron.
Por desgracia no llegué a conocer nunca a Juan Alarcón, pero los que sí lo hicieron coinciden en que vivió con una convicción sencilla y profunda:
“Nadie es más que nadie”.
Para él no era una frase sino una forma de estar y de vivir. Prefirió siempre ser válido a tener valor material. Entendía el valor no como lo que se acumula, sino como lo que se aporta y no confundió nunca cargo con importancia, ni posición con autoridad moral.
Sirvió durante décadas en instituciones del Estado, en momentos complejos y decisivos. Ocupó responsabilidades de enorme peso. Pero su mirada no se quedó en la institución. Construyó relaciones más allá de los organigramas, más allá de los despachos, más allá incluso del trabajo concreto que se le había encomendado. Sirvió a las personas por encima de las facilidades del puesto, siendo esa elección la que lo definió mejor que cualquier currículum.
Tenía empatía con todas las personas. Escuchaba sin prejuicio. Aprendía sin soberbia. Viajó, conoció culturas, compartió conversaciones con personas de distintas naciones y realidades, no para exhibir experiencia, sino para seguir aprendiendo. Su curiosidad era genuina y constante y su aprendizaje fue permanente.
Juan disfrutaba sirviendo y compartiendo. No lo vivía como sacrificio, sino como sentido. Y desde ahí motivaba, sin discursos, sin consignas. Su ejemplo generaba estelas que otros seguían casi sin darse cuenta. Su legado no terminó con su vida, sino que sigue impactando más allá de quienes le conocieron directamente como es mi caso, ojalá pudiera haberle conocido. Estoy convencido que podríamos haber sido grandes amigos.
Pese a que conozco el legado de Juan a través de su hija, durante el homenaje que se hizo en Madrid, a través de sus innumerables amigos y compañeros de trabajo, muchos pudimos inspirarnos en los caminos que transitó y dejó como legado a los demás.
Y al pensar en Juan, de forma natural, aparece mi padre, otro Juan, Juan Cornago.
Si se hubieran conocido de verdad, si hubieran coincidido en tiempo y proyectos, estoy convencido de que habrían sido un equipo capaz de mover el mundo si se lo hubieran propuesto. No por ambición, sino por compromiso. Ambos compartían una forma muy poco común de entender la vida: la de quien suma sin restar, lidera sin imponerse y cumple sin necesidad de reconocimiento.
Mi padre, como Juan, entendía que el legado no se deja en palabras, sino en personas. Que la influencia real no se mide en aplausos, sino en comportamientos que otros adoptan porque han visto cómo se hace. Ambos fueron ejemplos de superación y compromiso. De esos que no se proclaman, pero permanecen en el tiempo y guían con sus huellas a otras personas para que sigan creando caminos.
Si lleváramos esto al terreno económico, su ejemplo sería puro interés compuesto. Pequeños actos coherentes repetidos en el tiempo que generan un impacto exponencial. Un efecto acumulativo que sigue creciendo incluso cuando ellos ya no están. Sus legados continúan creando valor, orientación y sentido.
Informativo Santa Rita. Juan Cornago
Y entonces ocurrió la nevada de Madrid de este lunes, donde se cubrieron las carreteras, las referencias se borraron, el miedo a avanzar porque no sabes si bajo la nieve hay asfalto o vacío era la tónica de todos los que estábamos allí metidos. Ninguna capacidad, por muy buen coche que se pueda tener, elimina ese miedo. Ni la experiencia, ni el conocimiento, ni la responsabilidad servían porque el miedo seguía ahí.
Pero todo cambia cuando alguien decide avanzar. Vi coches avanzar dejando rodadas inciertas, y vi a otros seguirlas. No porque tuvieran la certeza de que había carretera, sino porque alguien había pasado antes. Alguien había asumido el riesgo. Alguien había dejado huella.
Eso es lo que hicieron Juan Alarcón y mi padre durante toda su vida. Caminar delante sin garantías. No eliminaban el riesgo, pero lo hacían transitable. No prometían seguridad, pero ofrecían coherencia. Dejaban huellas en la nieve para que otros hombres pudieran avanzar creando sus propios caminos.
Por eso, este no es solo un homenaje al pasado, es una mirada al presente y al futuro. Porque mientras existan hombres que prefieran ser útiles a ser importantes, que disfruten sirviendo y compartiendo, que dejen huellas que guían a otros, el mundo sigue teniendo un camino.
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