Por 10 valores: Esfuerzo

Siguiendo con la línea de descripción de los valores fundamentales que debemos desarrollar en una organización, no cabe duda de que el esfuerzo es uno de ellos. A veces podríamos llegar a pensar que el esfuerzo en sí mismo es algo físico que se manifiesta sobre una acción determinada. Muchas veces hemos oído que tal o cual persona se esfuerza mucho porque se queda mucho tiempo trabajando, pero realmente el esfuerzo, desde mi punto de vista, no es eso.

El Esfuerzo está basado en una actitud más que en algo tangible. Esta actitud es una decisión total y absolutamente personal. El esfuerzo debe estar ligado completamente a un fin. De nada sirve estar sentado en una silla muchas horas si no se tiene un fin concreto en el que poder esforzarte. Estar en la oficina sólo es esfuerzo si el objetivo fuera estar en la oficina sin más. Hoy en día, con el teletrabajo y toda una series de medidas de conciliación familiar, identificar un trabajador que sea capaz de esforzarse, sería una garantía de confianza, por parte de la empresa, para poder darle esa facilidad.

Para que un trabajador pueda demostrar su esfuerzo, en primer lugar hay que ponerle objetivos, y nunca confundir la cantidad con el esfuerzo. Normalmente sí que es cierto que, si una persona está comprometida con un objetivo, es habitual que dedique más tiempo a conseguir los hitos que otra que no, pero en el caso del esfuerzo, ambas personas pueden estar realizando el mismo esfuerzo, pero una de ellas tiene más dureza o resistencia al sufrimiento que la otra. En cualquier caso, sirvan esas palabras de dureza y sufrimiento, como adelanto de un nuevo valor sobre el que profundizaremos más adelante.

Educar en el esfuerzo

En el anterior post sobre el compañerismo comenté que era raro poder aprender un valor como ese, pero que en cualquier caso, la educación en los valores es una de las mejores formas de promoverlos, pero no es condición única para que esa persona lo vaya a desarrollar en el futuro. En este caso, el esfuerzo debe también tratar de fomentarse, no sólo en la niñez, sino también en la pubertad.

Esforzarse no debe ser sinónimo de echar muchas horas, sino de concentrarse en la tarea e ir haciendo avances continuos en la misma. Para ello hay que enseñar que el esfuerzo debe acercarte cada vez más a tu objetivo y las metas que te impongas, siendo estas siempre factibles dentro de las posibilidades de cada uno. Siempre que estudio con los críos me llama la atención el hecho de que ante los problemas vengan a decirme que “no me sale” y siempre les digo «que por algo se llaman problemas”. Considero que el esfuerzo es esa actitud que debemos desarrollar para que, pudiéndonos concentrar en el “problema”, seamos capaces de ir avanzando poco a poco en su resolución.

El esfuerzo requiere tiempo

Normalmente hablar de esfuerzo va ligado irremisiblemente al tiempo. Ese tiempo que a veces debes añadir a una actividad para lograr llegar al hito necesario, o ese tiempo que dejas de dedicar a otras cosas para permanecer concentrado en tu actividad. Este es uno de los motivos por los que soporto la tesis de que el esfuerzo no tiene, necesariamente, que ser sinónimo de «echar muchas horas», porque al final, puede que en esas horas que hagas de más sean porque has “perdido” tiempo de dedicación en la actividad en la que estabas trabajando. Despistes con llamadas, correos, cafés, pensamientos, etc. son ejemplos de tiempos perdidos si es necesario realizar un esfuerzo puntual.

Este aspecto es muy relevante en la sociedad actual, que es sin paliativo ninguno, la sociedad de la inmediatez. Recordad los días en los que para ver una serie debías de esperar una semana entera para ver el siguiente capítulo, y por supuesto estar en el sillón a la hora indicada, porque no había posibilidad de grabar nada. Eso hoy en día parece impensable, puesto que todo, y el futuro estará en esta línea, está pensado para el consumo inmediato.

Qué riesgos afectan al esfuerzo

Ya he enunciado el primero de ellos: el tiempo. Tiempo que no queremos esperar a conseguir lo que queremos y que precisamente es lo contrario del esfuerzo. El esfuerzo requiere un tiempo que retrasa el consumo del producto. Hacer la cena calentando en el microondas, en el mejor de los casos, o comiendo un sándwich hecho al momento, son claros ejemplos del “Esfuerzo” que dedicamos a cuidar la alimentación. Entregar un documento sabiendo que no se ha revisado adecuadamente, que no se han cotejado los resultados, o que sabemos que se podía hacer mejor “pero…” son otros ejemplos de ese poco esfuerzo.

Siempre me han llamado mucho la atención los dentistas. Su trabajo en piezas tan pequeñas como los dientes requiere de un esfuerzo ingente para conseguir la perfección en su trabajo. Ese Esfuerzo es necesario, no sólo por la parte estética, sino porque saben que un milímetro de más o menos a la hora de realizar un empaste por ejemplo, es la diferencia de que una persona esté con dolores o no, o de que el color sea lo suficientemente diferente para que quede una sonrisa fea. Obviamente el esfuerzo no sólo es para las miniaturas, sino para cualquier otra actividad que realice cualquier persona.

La complacencia suele ser otro de los principales riesgos que debemos evitar. Una mala complacencia reduce drásticamente el esfuerzo, puesto que acorta distancias de la meta a realizar y elimina de raíz el esfuerzo que se requiere en utilizar más tiempo para finalizar una tarea adecuadamente. Siempre recuerdo una historia de un becario, que trabajando en terminar una aplicación que su jefe le había encargado, y llevando varias horas sin resultados, le escribió un Post-it a su jefe: “ Ya lo he terminado… pero no funciona bien del todo”. Ese jefe, en un momento de paciencia o hartura infinita, le devolvió el Post-it a su pantalla diciendo: “Si no funciona bien… no está terminado”.

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