La guerra que aún puedes aprender a ver (III). Lo que viene cuando las máquinas piensen por ti

Este artículo es la 3ª parte y final de la serieLa guerra que aún puedes aprender a ver“.

Parte 1 — La guerra que aún puedes aprender a ver

Parte 2 — Cómo se defiende lo que no puedes ver

En la primera parte de esta serie describimos cómo funciona la guerra cognitiva. En la segunda, cómo se defiende lo que no puedes ver. Terminamos con una pregunta: ¿estás entrenando para ella?

Pero entrenar para la amenaza de hoy no es suficiente si no entiendes la amenaza de mañana. Este artículo cierra la serie mirando hacia delante. No cinco años. Veinte.

La NATO publicó en 2025 su Science & Technology Macro Trends Report 2025-2045, un análisis de las seis macrotendencias tecnológicas y estratégicas que definirán las próximas dos décadas. La frase que abre el informe no es un titular para periodistas: «Las decisiones que tomen los líderes ahora determinarán la preparación de la Alianza para los próximos veinte años.» Veinte años es un horizonte que la mayoría de organizaciones ni siquiera contempla en su planificación estratégica. La NATO sí.

Al mismo tiempo, un análisis del modelo de innovación militar israelí (Luttwak y Shamir, Harvard University Press) ofrece una lección complementaria: la ventaja no siempre la tiene quien más gasta. A veces la tiene quien mejor aprovecha lo que tiene.

Lo que sigue no es un resumen de esos informes. Es una interpretación de lo que significan para cualquiera que se tome en serio la seguridad en la próxima década.

La carrera que ya estamos perdiendo

China supera a Estados Unidos en cinco de las seis categorías de publicaciones científicas altamente citadas en inteligencia artificial, según el informe de macrotendencias de la NATO. Estados Unidos invierte 806.000 millones de dólares anuales en investigación y desarrollo. China, 668.000 millones. La distancia se estrecha cada año y, en determinados campos, ya no existe.

Esto no es una estadística para analistas de defensa. Es una señal para cualquiera que trabaje en seguridad. Quien controle el desarrollo de la inteligencia artificial avanzada controlará los sistemas que toman decisiones, generan información, filtran contenido y, en última instancia, modelan la cognición de poblaciones enteras.

No hablamos solo de chatbots o generadores de imágenes. Hablamos de los sistemas que determinarán qué noticias ves, qué productos compras, qué candidato te parece más fiable, qué amenazas percibes y cuáles ignoras. La inteligencia artificial no es una herramienta. Es la infraestructura cognitiva del siglo XXI. Quien la controle, controlará el tablero.

La computación cuántica añade otra variable. La NATO estima que los ordenadores cuánticos fiables llegarán alrededor de 2029. Para 2035, las tecnologías cuánticas generarán un valor de billones de dólares. Lo que hoy consideramos criptografía robusta dejará de serlo. Los datos cifrados que un adversario captura hoy podrá descifrarlos en menos de una década. Esta estrategia tiene nombre en el sector: harvest now, decrypt later (capturar ahora, descifrar después). Ya está ocurriendo.

El hallazgo que nadie quiere escuchar

La NATO documentó un dato contraintuitivo que merece atención: buscar información en internet para verificar una noticia falsa aumenta la probabilidad de creer que es verdadera. No la reduce. La aumenta.

El mecanismo es sencillo y devastador. Cuando buscas para verificar, los algoritmos de búsqueda te devuelven contenido relacionado con tu consulta. Si la consulta contiene los términos de la desinformación, los resultados refuerzan la exposición a esa narrativa. No encuentras la verdad. Encuentras un ecosistema construido alrededor de la falsedad. Blogs que la repiten, foros que la discuten, vídeos que la amplían. Cada clic confirma lo que intentabas desmentir.

Esto tiene implicaciones profundas. Llevamos años diciendo que la solución a la desinformación es la verificación. «No compartas sin verificar.» Es un buen consejo. Pero si el propio acto de verificar está comprometido por la arquitectura de los sistemas que usamos para buscar, el consejo es insuficiente.

No basta con enseñar a verificar. Hay que enseñar dónde y cómo verificar. Con fuentes primarias. Con organismos de verificación acreditados. No con la primera página de resultados de un buscador que optimiza por relevancia, no por veracidad.

Cuando tu cerebro sea la superficie de ataque

La neurotecnología es quizá la frontera más inquietante de las que identifica la NATO. Las interfaces cerebro-computador (brain-computer interfaces, BCI) ya existen. Neuralink implantó su primer chip en un paciente humano en enero de 2024. Otros proyectos avanzan en paralelo. La aplicación médica es legítima y prometedora: devolver movilidad a personas con parálisis, tratar trastornos neurológicos, restaurar capacidades sensoriales.

Pero toda tecnología que conecta con el cerebro crea, por definición, una superficie de ataque sobre el cerebro.

El informe de la NATO no especula. Identifica las interfaces cerebro-computador como una tecnología emergente que ampliará la superficie de ataque cognitivo en las próximas décadas. Si hoy un deepfake puede engañar tus ojos y tus oídos, una interfaz comprometida podría, en teoría, influir en tus emociones, tu percepción o tu capacidad de juicio sin que seas consciente de ello.

No estamos ahí todavía. Pero las decisiones regulatorias, éticas y de seguridad que se tomen ahora determinarán si llegamos a ese punto con protecciones o sin ellas. La historia de la tecnología enseña que las salvaguardas rara vez llegan antes que los usos maliciosos.

Biotecnología: dónde termina la defensa y empieza otra cosa

La revolución biotecnológica es la tercera macrotendencia que la NATO identifica con implicaciones directas para la seguridad cognitiva. CRISPR (Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats) ha reducido las barreras de acceso a la edición genética. La biología sintética avanza a un ritmo que recuerda al de la computación en los años noventa: cada año más barata, más accesible, más potente.

El informe señala un riesgo concreto: la misma tecnología que permite diseñar terapias personalizadas permite diseñar agentes biológicos dirigidos. Las bioarmas del futuro no serán necesariamente letales. Podrán ser incapacitantes, cognitivas, selectivas.

La mejora humana es la otra cara de la moneda. Implantes neurales que aumentan la capacidad de procesamiento. Fármacos que mejoran la concentración o la resistencia. Modificaciones genéticas que optimizan capacidades físicas o cognitivas. ¿Dónde está la línea entre un soldado mejor protegido y un ser humano modificado? ¿Quién la traza? ¿Con qué criterio?

No tengo respuesta a esas preguntas. Pero sé que quien no se las haga ahora se encontrará respondiendo con prisa cuando ya sea tarde.

Una sociedad que no confía no se defiende

La quinta macrotendencia del informe de la NATO no es tecnológica. Es social: la fragmentación de la confianza pública. Y probablemente es la más peligrosa de todas.

La desinformación generada por inteligencia artificial, los deepfakes, la polarización algorítmica y la erosión de la credibilidad institucional convergen en un resultado: sociedades donde cada vez menos personas confían en sus gobiernos, sus medios, su ciencia, sus vecinos.

El informe documenta que una porción significativa de los posts sobre la NATO en redes sociales rusas son generados automáticamente. No los escribe nadie. Los produce una máquina que publica a escala industrial para crear la ilusión de un consenso que no existe.

Pero el problema no es solo externo. La desconfianza institucional tiene raíces internas legítimas. Cuando las instituciones fallan, cuando la comunicación pública es opaca, cuando los datos no se comparten, la desconfianza no es irracional. Es una respuesta razonable a una experiencia real.

La dificultad es que una sociedad con baja confianza institucional es una sociedad fácil de manipular. Si no confías en tus instituciones, confiarás en quien llene ese vacío. Y quien lo llene no siempre tendrá tus intereses en mente.

La resiliencia cognitiva de la que hablamos en la segunda parte de esta serie no se construye solo con entrenamiento individual. Se construye con instituciones que merecen confianza. La defensa empieza por la credibilidad.

Israel: lo que enseña la escasez

Mientras la NATO analiza macrotendencias a veinte años, Israel ofrece una lección diferente. No sobre qué viene, sino sobre cómo se responde cuando no tienes la opción de esperar.

Un análisis de la Foundation for Defense of Democracies sobre el modelo de innovación militar israelí revela un patrón que debería incomodar a quien gestiona seguridad en Europa: la ventaja competitiva de Israel no proviene de su presupuesto. Proviene de su cultura organizativa.

Israel no puede permitirse ciclos de innovación largos. No tiene profundidad territorial. No tiene recursos naturales estratégicos. Cada guerra es existencial. Esa restricción ha producido una cultura donde la innovación no es un departamento: es una forma de supervivencia.

Tres elementos destacan:

  • Innovación desde abajo. Los oficiales jóvenes israelíes asumen responsabilidades desproporcionadas para su rango. Un teniente de 22 años toma decisiones que en otros ejércitos requieren un coronel. Esa delegación forzada produce dos cosas: errores (que se asimilan rápido) y una cultura donde la iniciativa no espera autorización.
  • Reservistas como ventaja competitiva. El sistema de reserva israelí no es solo una fuerza militar de respaldo. Es un mecanismo de transferencia de conocimiento. Ingenieros de Google, emprendedores de ciberseguridad, analistas de datos vuelven periódicamente a sus unidades militares e inyectan conocimiento civil en el ámbito de defensa. La Unidad 8200, la unidad de inteligencia de señales de Israel, es el ejemplo más conocido: un semillero que ha producido una proporción desproporcionada del ecosistema tecnológico israelí. Pero el mecanismo funciona en ambas direcciones. El conocimiento también fluye de lo militar a lo civil.
  • El fracaso como catalizador. Israel no trata los fracasos como algo que ocultar. Los trata como algo que acelerar. La velocidad de respuesta correctiva tras un fallo es, en sí misma, una ventaja. No se busca no fallar. Se busca fallar rápido y corregir más rápido.

El programa ASD (Autism Spectrum Disorder) de la Unidad 9900 lleva esta filosofía a su expresión más radical: la integración de personas con autismo en tareas de inteligencia visual, donde su capacidad para detectar patrones supera consistentemente a la de analistas convencionales. No se trata de inclusión como gesto. Se trata de que una necesidad operativa encontró una capacidad infrautilizada.

Lo que Europa no está haciendo

El contraste con Europa es incómodo pero necesario.

Los ciclos de innovación europeos en defensa son largos. Las estructuras de decisión son jerárquicas. La transferencia de conocimiento entre el sector civil y el militar es limitada. La tolerancia al fallo es baja. El presupuesto en defensa de la mayoría de países europeos lleva décadas por debajo del objetivo del 2 % del PIB acordado en la NATO, aunque eso está empezando a cambiar.

España presenta un caso particular. No tenemos un ecosistema de ciberseguridad comparable al israelí. No tenemos una cultura de innovación militar desde abajo. No tenemos un sistema de reserva que funcione como correa de transmisión entre el conocimiento civil y la defensa. Lo que tenemos es talento individual disperso, empresas de ciberseguridad competentes pero fragmentadas, y una estrategia de seguridad nacional que reconoce las amenazas correctas pero que todavía no se traduce en capacidades operativas proporcionales.

El informe de la NATO lo dice sin rodeos: el sector privado domina la innovación en defensa. Las tecnologías críticas (inteligencia artificial, cuántica, biotecnología) se desarrollan en laboratorios corporativos, no en instalaciones militares. Si los Estados no construyen puentes efectivos con el sector privado, perderán el control sobre las capacidades que determinarán su seguridad.

Israel construyó ese puente por necesidad. Europa aún debate si el puente es necesario.

La ventana

Hay un concepto en estrategia que se aplica aquí: la ventana de oportunidad. No siempre está abierta. Las decisiones que no se toman a tiempo se convierten en opciones que ya no existen.

La NATO lo formula con claridad: las decisiones de los próximos cinco años determinarán la posición estratégica de los próximos veinte. No de los próximos cinco. De los próximos veinte.

La computación cuántica llegará alrededor de 2029. Las interfaces cerebro-computador escalarán en la próxima década. La inteligencia artificial generativa ya está transformando la ingeniería social, la desinformación y el fraude a velocidades que superan la capacidad de respuesta de la mayoría de organizaciones. La biotecnología reducirá las barreras de acceso a capacidades que hoy son exclusivas de Estados.

Cada una de esas tendencias amplía la superficie de ataque cognitivo que describimos en la primera parte de esta serie. Cada una de ellas hace más urgente la resiliencia que analizamos en la segunda.

La pregunta no es si esas tecnologías llegarán. Ya están llegando. La pregunta es si cuando lleguen encontrarán sociedades preparadas o sociedades que seguían debatiendo si el problema era real.

Cerrar la serie, abrir la conversación

He escrito esta serie porque creo que la guerra cognitiva es el desafío de seguridad menos comprendido y más relevante de nuestra época. No porque sea nueva. Porque ha cambiado de escala.

En la primera parte describí cómo funciona: la manipulación de tu capacidad de decidir, el ciclo OODA comprometido, los deepfakes como arma industrial. En la segunda, cómo se defiende: resiliencia, entrenamiento, las tres funciones de respuesta de la NATO, el ejemplo de Ucrania. En esta tercera, hacia dónde vamos: la carrera por la inteligencia artificial, la neurotecnología como nueva frontera, la confianza pública como condición necesaria, Israel como prueba de que la cultura organizativa importa más que el presupuesto.

Si algo conecta las tres partes es una idea sencilla: la seguridad del futuro no será solo técnica. Será cognitiva, cultural y organizativa. Quien la entienda así tendrá ventaja. Quien siga pensando que la seguridad es un problema de firewalls y antivirus llegará tarde.

La ventana para construir resiliencia está abierta. No sabemos cuánto tiempo lo estará.

No esperes a que se cierre para empezar a moverte.

Fuentes:


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