El coste de la vigilancia permanente en ciberseguridad
Este verano me pasó algo que seguramente te suene. Llevo meses con el mismo ritual nada más levantarme: revisar el daily, ver si no hay incidentes graves, comprobar que no ha entrado ningún correo de una incidencia crítica a deshoras. Ese es el momento en que de verdad puedo soltar el aire; yo no hago guardia, al menos a turnos ;-), pero es justo lo que sí hacen, de forma habitual, los equipos de guardia de un SOC. En cuanto llegaron unos días sin ese ritual, sin nada que revisar al despertar, el cuerpo pasó factura. No al segundo día, ni al tercero: justo cuando debería haber empezado a notar el descanso. Cansancio de golpe, cabeza espesa, ese «bajón» que uno achaca sin más a que necesitaba parar, y sigue con su día sin preguntarse por qué llega precisamente entonces.
Casualidad, ninguna y, por lo que he ido descubriendo desde entonces, tampoco es solo cosa mía.
Un fenómeno con nombre: el «efecto rebote»
En 2014, un equipo de neurólogos de Nueva York, del Montefiore Headache Center y el Albert Einstein College of Medicine, que investigaba la migraña se topó con algo que no buscaban. Querían entender qué disparaba las crisis en sus pacientes y esperaban que fuera el propio estrés. Encontraron justo lo contrario: cuando el nivel de estrés bajaba de un día para otro, el riesgo de sufrir una migraña en las seis horas siguientes se multiplicaba por casi cinco. Lo llamaron let-down effect, el «efecto rebote»: el cuerpo no se resiente cuando aprieta la presión, se resiente cuando por fin la sueltas.
No es un hallazgo aislado. Unos años antes, el psicólogo holandés Ad Vingerhoets había encuestado a casi dos mil personas y le puso nombre a algo parecido: leisure sickness, «la enfermedad del ocio». Alrededor de un 3% declaraba sentirse peor, con dolor de cabeza, fatiga, dolores musculares y resfriados, los fines de semana y en vacaciones que en días laborables. El dato que más importa es a quién afectaba: no a quien menos exigencia tenía en su trabajo, sino a los perfiles de más presión y más alto rendimiento. (Hay debate académico honesto sobre si el efecto es real o un sesgo de cómo recordamos estar enfermos, así que lo cito como fenómeno estudiado y discutido, no como hecho cerrado.)
Dos investigaciones, dos décadas de diferencia, una misma conclusión: quien mejor aguanta la tensión durante meses suele ser quien más caro paga el momento de soltarla.
Y la migraña es, con diferencia, el desenlace más suave de la lista. Ya en 1983 un estudio clínico documentó algo bastante más incómodo: el propio intento de relajarse puede aumentar la ansiedad en lugar de reducirla, un fenómeno al que llamaron ansiedad inducida por la relajación, sobre todo en personas muy preocupadas por mantener el control sobre sus procesos físicos y psicológicos. Existe además un mecanismo bien descrito, hoy asumido en la clínica del estrés, para las crisis de pánico que aparecen justo cuando termina un periodo de presión sostenida: mientras dura el estrés, las hormonas mantienen a la persona funcionando hacia delante; cuando caen de golpe al desaparecer la amenaza, el sistema nervioso puede leer esa calma repentina como un peligro en sí mismo, y ahí aparece la crisis. El «efecto rebote» no siempre termina en un dolor de cabeza. En muchos casos, empieza ahí.
El cuerpo no está roto. Está pagando una factura que aplazó
Detrás de este patrón hay una explicación fisiológica. Mientras dura la tensión, el cortisol, la hormona central de la respuesta al estrés, actúa casi como un analgésico: reduce la percepción del dolor y mantiene al cuerpo funcionando pese al desgaste. Cuando la amenaza desaparece y el cortisol cae de golpe, deja de tapar lo que llevaba conteniendo. Y ese mismo bajón deja al sistema inmunitario momentáneamente desprotegido, justo cuando llevaba tiempo operando en modo suprimido: no solo se «destapa» el dolor, las defensas también bajan la guardia en el peor momento posible.
Al cuerpo, dicho de otra forma, no le falla relajarse. Le falla no haber aprendido a soltar la tensión poco a poco. La suelta toda de golpe, y esa caída brusca, no la tensión en sí, es lo que se paga.
Hay algo más de fondo sobre cómo está construido el cerebro. No está pensado para mantenerte en alerta máxima de forma indefinida (costaría más energía de la que el cuerpo puede permitirse; el cerebro por sí solo ya consume una quinta parte de toda la que gastamos), sino para automatizar la respuesta a la tensión repetida y así seguir funcionando sin agotarse cada día. Ese es el patrón que describen Lipton y Vingerhoets: aguanta con una eficacia notable, pero nadie le ha enseñado a bajar la guardia sin que eso duela.
Si esto pasa tras un año normal de trabajo, ¿qué le pasa a quien vive así cada turno?
Lleva ahora esta idea a un extremo. Imagina el mismo mecanismo, tensión que se acumula durante meses y se cobra de golpe al soltarse, pero sin la válvula de escape de unas vacaciones al final del año. Es, casi al pie de la letra, lo que vive un equipo de ciberseguridad que opera 24 horas, 7 días a la semana: la sensación de que hoy puede ser el día no se toma un descanso, porque el sistema que vigila tampoco se lo toma.
El propio mecanismo cerebral que permite aguantar el ritmo tiene un segundo efecto, menos conocido, en este contexto. En 1948, un investigador llamado Norman Mackworth estudió a operadores de radar durante la Segunda Guerra Mundial y documentó algo que se sigue observando hoy con electroencefalograma: la capacidad de detectar una señal crítica se degrada cuanto más tiempo pasa expuesto de forma continua a la tarea de vigilar. Cuanto mejor ha aprendido el cerebro a automatizar el filtrado de lo repetido, para no gastar energía en cada alerta, peor distingue la señal real cuando por fin aparece entre el ruido.
Con esto en mente, no sorprende que la rotación media en un puesto de un centro de operaciones de seguridad esté entre las más cortas de todo el sector tecnológico, ni que buena parte de los analistas reconozca sentir burnout de forma constante o frecuente. Un estudio de 2022 con profesionales de ciberseguridad, en colaboración con la Universidad de Adelaida, encontró tasas de burnout que igualan o superan las del personal sanitario de primera línea, una comparación que dice más que cualquier porcentaje suelto. El cuerpo de un analista de un SOC hace lo mismo que hizo el mío este verano. Solo que sin fecha de caducidad a la vista, turno tras turno, y con un desenlace que para una parte nada desdeñable del sector va mucho más allá del cansancio: ansiedad sostenida, depresión y una salud mental que se deteriora en silencio porque el propio sector todavía trata el tema como un tabú.
Entre junio y julio de 2026, el propio Mando Cibernético de Estados Unidos abrió una investigación tras perder al menos a cinco personas de su plantilla por suicidio en ese único mes, un patrón que el Pentágono clasifica formalmente como «clúster» cuando la concentración de casos supera lo esperable y exige intervención específica. Los mandos lo vincularon directamente al aumento sostenido de la carga operativa del último año. Un estudio financiado por el propio Ejército, citado en la investigación de Bloomberg que destapó el caso, encontró que sus operadores cibernéticos sufren de forma habitual insomnio, pérdida de memoria, rumiación y enfermedad física: el mismo cuadro que venimos describiendo, solo que sin ningún mecanismo de recuperación que lo compensara a tiempo. El episodio obligó a activar una ley de 2025 que exige al Mando dotarse de especialistas en salud mental específicos para este personal. Ocurrió hace apenas unas semanas, en el sector con más recursos y más protocolo del mundo.

La conclusión no es aguantar hasta las vacaciones. Es la contraria
Si lo que más factura pasa es soltar de golpe toda la tensión acumulada, aguantar todo el año esperando ese único momento de descarga es diseñar, a propósito, la caída más brusca posible.
La alternativa lógica es soltar un poco, todos los días, para que la tensión nunca llegue a acumularse hasta el punto de doler al soltarla. Desde este verano lo aplico de forma muy concreta en mi propio día a día, y no hace falta gran cosa para empezar:
- Respiración en tres tiempos. No hace falta improvisar cada vez: existen estructuras sencillas de recordar, pensadas para durar apenas un par de minutos. Una que funciona bien tiene tres pasos, uno por minuto, más o menos con forma de reloj de arena: primero, un momento amplio para notar sin más qué hay ahí (pensamientos, tensión, ánimo, sin intentar cambiar nada); después, un momento estrecho, toda la atención puesta solo en la respiración, sintiendo cómo sube y baja el abdomen; por último, otro momento amplio, abriendo de nuevo la atención al cuerpo entero antes de volver a lo que se estaba haciendo. Otra técnica, más corta todavía y con un mecanismo físico muy concreto detrás: dos inhalaciones seguidas por la nariz (una profunda y, justo detrás, una segunda más corta que remata el pulmón) y una exhalación larga y lenta por la boca. Ese patrón reinfla pequeñas bolsas de aire de los pulmones que se van colapsando con la respiración normal, y la exhalación alargada activa directamente el nervio que frena el ritmo cardiaco. Un ensayo controlado de la Universidad de Stanford, publicado en 2023, comparó esta técnica con otras formas de respiración pautada y con meditación tradicional durante cuatro semanas: la de la exhalación larga fue la que más mejoró el estado de ánimo y más bajó la frecuencia respiratoria, con efecto medible desde la primera vez que se practica. Con una a tres repeticiones suele bastar para una bajada de tensión puntual. Hay muchas variantes de este tipo de prácticas, guiadas y gratuitas, buscando poco se encuentran; lo importante no es cuál se elija, sino probar un par y quedarse con la que de verdad se sostenga en el día a día.
- Meditación breve, con o sin guía. Distinta de la anterior porque no busca cambiar la respiración en sí, sino sostener la atención un rato (en la respiración, en el cuerpo, en lo que sea) sin intentar controlar lo que aparece, dejando que los pensamientos pasen sin engancharse a ellos. Es la que más resultados tiene medidos a medio plazo, no solo en la sensación subjetiva de calma: un ensayo clínico con trabajadores de universidad encontró que practicarla con regularidad redujo en un 88,8% el riesgo de que el cortisol siguiera empeorando, un 54,6% el estrés percibido y un 50% la ansiedad, frente a quienes no la practicaron. En un entorno más cercano a una oficina, otro ensayo con personal de un centro médico encontró menos estrés, menos desgaste y más compromiso con el trabajo tras un programa breve, hecho desde el móvil, sin presencial. No hace falta media hora sentado en silencio: 10 minutos diarios, con constancia, es la dosis con la que se ha medido el efecto en varios de estos estudios.
- Movimiento breve y deliberado. Sacar la tensión del cuerpo de forma activa, no solo mental. Hay métodos más estructurados que trabajan sobre esto (estiramientos que llevan al cuerpo, de forma controlada, a soltar tensión muscular acumulada), pero no hace falta un protocolo formal para notar el efecto: unos minutos de movimiento consciente (estirar, sacudir brazos y piernas, caminar rápido un momento) cumplen ya buena parte de esa función de descarga activa, igual que un músculo que se estira con frecuencia se lesiona menos que uno que se fuerza de golpe tras meses sin moverlo. Aquí también merece la pena probar varias formas y quedarse con la que encaje, no hay una única receta correcta.
- Deporte, con regularidad, no como parche puntual. Este es el que menos se asocia a «gestionar el estrés en el momento» y el que más respaldo tiene a medio plazo. Un ensayo aleatorizado con trabajadores en riesgo de burnout encontró que, tras solo cuatro semanas de ejercicio regular, mejoraba de forma medible el bienestar y bajaban el agotamiento emocional y el estrés percibido; el ejercicio cardiovascular fue lo más efectivo para reducir malestar psicológico, y el entrenamiento de fuerza, lo más efectivo para recuperar sensación de logro personal, uno de los tres componentes clásicos del burnout. Por separado, una revisión de decenas de estudios sobre actividad física y cortisol confirma el mecanismo de fondo: el ejercicio regular mejora el funcionamiento del eje que regula la respuesta al estrés, con las prácticas de tipo más suave (yoga, ejercicios combinados) mostrando el efecto más consistente sobre el cortisol, frente al entrenamiento de muy alta intensidad, que en algunos estudios no lo reduce o incluso lo eleva puntualmente. La lectura práctica: no hace falta entrenar como un atleta, hace falta moverse con regularidad, y el tipo de ejercicio que se sostiene en el tiempo importa más que el más intenso sobre el papel.
El método concreto importa menos que la frecuencia. Un reset de dos minutos, varias veces al turno, vale más que un único retiro de una semana al año; y ninguno de los tres sustituye a los otros dos, se complementan.
Lo que este verano me hizo pensar de verdad
Llevo más de dos décadas en este sector y dirijo un equipo que, como probablemente el tuyo, no se apaga nunca. Dedicamos muy poco tiempo, en serio, a cuidar la salud mental de la gente que sostiene esa vigilancia. La tratamos como un lujo de bienestar corporativo que se menciona una vez al año en una charla, no como una disciplina que hay que trabajar con la misma constancia con la que gestionamos cualquier otro riesgo. Y es eso, exactamente: un riesgo, con mecanismo conocido y estudiado, con coste medible y con una defensa que empieza por algo tan pequeño como parar dos minutos a respirar.
Lo que no se gestiona de forma continua explota justo cuando bajas la guardia. Le pasa a un cuerpo que por fin llega a sus vacaciones. Y le pasa, con más motivo todavía, a un equipo que nunca deja de vigilar. Prefiero que al mío, y a mí, nos encuentre con la guardia ya entrenada para soltar.
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