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Homero, Huxley y Orwell hablaban del mismo problema

Hace unos días vi La Odisea, de Christopher Nolan, y pensé que iba a encontrarme con la historia que todos conocemos: un héroe que lucha diez años por volver a casa después de la guerra de Troya. El poema homérico en el que se basa la película, la Odisea (en griego, Odýsseia), es de tradición oral y se sitúa hacia el siglo VIII a. C., así que uno llega al cine con la trama ya medio sabida antes de sentarse.

Salí con otra cosa en la cabeza. Odiseo quiere volver a Ítaca, eso no está en duda en ningún momento, pero lo que vi fue a un hombre que sabe exactamente cómo ganó y que carga con ello durante todo el camino de vuelta.

Es un matiz pequeño al contarlo y enorme al pensarlo, porque si la historia es esa, el viaje deja de ser geográfico para convertirse en un asunto moral.

No voy a escribir aquí una reseña de cine ni un ensayo de literatura. Voy a explicar por qué tres historias que no hablan de tecnología me han hecho cambiar la forma en que entiendo mi propio oficio. Pero para llegar ahí hace falta no tener prisa, así que empiezo por el principio.

El precio de ganar

La película reparte de otra manera el peso que en Homero llevaban los dioses, porque aquí recae, sobre todo, en las decisiones de Odiseo, que ya no puede echarle la culpa a Poseidón, ni al destino, ni a una maldición, y tiene que cargar con lo que hizo él mismo. Y lo que hizo fue ganar una guerra de diez años con una sola idea.

El caballo de madera ha pasado a la historia militar como una genialidad y nadie discute eso, pero conviene detenerse un momento en cómo funciona exactamente esa idea, porque ahí está lo que me interesa. El caballo no gana la guerra por la fuerza, sino convirtiendo un regalo en un arma.

En el mundo antiguo, recibir al extranjero antes de interrogarlo no era un gesto amable cualquiera, sino la xenía, la hospitalidad protegida por el propio Zeus y la norma que sostenía la relación entre pueblos en un mundo sin instituciones ni garantías escritas. Recibir bien a quien llegaba de fuera no era cortesía: era la base sobre la que se sostenía cualquier confianza entre pueblos que no se conocían. Los troyanos hacen exactamente lo que manda esa ley, acogen lo que llega de fuera, y esa acogida es justo lo que los destruye.

Ahí está el problema, los griegos no se limitan a engañar militarmente a Troya, sino que diseñan una victoria que solo funciona si el enemigo cumple la ley de Zeus. Demuestran que un regalo puede esconder soldados y, sobre todo, que la confianza puede convertirse en el instrumento exacto de la destrucción de quien confía. Odiseo gana la guerra, pero gana rozando la transgresión de una de las pocas normas que en aquel mundo estaban por encima de los reyes, y a partir de ese momento algo cambia para siempre: confiar deja de ser una virtud sencilla y empieza a parecer, también, una forma de ingenuidad.

Por eso su regreso nunca resulta sencillo, y no porque el mar sea largo ni porque no quiera llegar, que sí quiere. El problema es lo que significa llegar, es decir, presentarse ante Penélope, ante Telémaco y, sobre todo, ante sí mismo, sabiendo exactamente qué precio pagó por la victoria que le dio el nombre. La pregunta que se lleva a bordo no es si volver, sino qué clase de victoria fue aquella y qué le costó conseguirla.

Con esa idea todavía dando vueltas, llegó a mi memoria un episodio que siempre había considerado menor, la isla de los lotófagos, y conviene no confundirlo con lo anterior porque el mecanismo es distinto. Odiseo carga con una pregunta moral y la sostiene, mientras que los hombres que comen la flor de loto no sostienen ninguna: dejan de querer volver a casa, olvidan su misión, olvidan quiénes son y olvidan, incluso, que existe un hogar al que regresar. Uno es el peso de haber decidido; el otro, la salida de emergencia para no tener que decidir nada nunca más.

Siempre había leído esa escena como una peripecia más del viaje y ahora ya no, porque la flor no somete por la fuerza, sino que ofrece algo mucho más atractivo: la posibilidad de no pensar. Ahí está la primera idea que quiero dejar apuntada antes de seguir, y es que, antes de que alguien nos obligue a renunciar a nuestra libertad, puede existir en nosotros mismos el deseo de dejar de usarla.

Cuando el olvido se convierte en sistema

Aldous Huxley toma esa misma tentación individual y la convierte en arquitectura de Estado. En Brave New World (1932; en España, Un mundo feliz), nadie necesita ser reprimido. Basta con el soma: una sustancia que elimina la ansiedad, el sufrimiento y el conflicto interior antes de que se conviertan en una pregunta incómoda.

El soma no prohíbe nada; simplemente hace que dejemos de necesitar aquello que se prohíbe, y no hace falta imaginar una droga para reconocer el mecanismo funcionando hoy. El entretenimiento permanente, el consumo constante y el desplazamiento infinito por una pantalla cumplen buena parte de la misma función: llenar cada hueco de tiempo para que no quede ninguno donde preguntarnos si algo no cuadra.

George Orwell describe el camino contrario, porque en Nineteen Eighty-Four (1949; en España, 1984) no hay anestesia ni bienestar, sino un poder que decide qué es verdad y castiga a quien piense otra cosa. Huxley describe una sociedad que ya no quiere mirar y Orwell, una sociedad a la que ya no se le permite hacerlo.

Durante años se ha presentado a estos dos autores como visiones opuestas, aunque cada vez me lo parece menos, porque los dos llegan al mismo sitio: una persona deja de ser libre cuando pierde la posibilidad de contrastar lo que vive con una realidad que exista fuera del poder, del placer o del miedo de otro.

El honor que se pierde ganando

Hay una distinción que la película de Nolan deja bastante clara y que me parece central: existe el honor exterior, que es la fama, la victoria y el reconocimiento, y existe el honor interior, que es la coherencia entre lo que uno cree y lo que uno hace. Odiseo conserva el primero para siempre, con su nombre ligado a una de las mayores estratagemas militares de la historia, pero pierde el segundo, porque ya no puede mirar su victoria sin recordar que la hizo posible convirtiendo en arma la ley que él también tenía que respetar.

Eso explica su sufrimiento mejor que cualquier tormenta o cualquier monstruo, porque lo que teme no es que su familia no lo reconozca, sino que lo reconozca y descubra que el hombre que vuelve ya no es el que se fue. No se siente un impostor porque perdiera la guerra, sino porque la ganó de una forma que contradice a quien creía ser.

Dónde entra mi trabajo

Aquí es donde aparece la ciberseguridad, y quiero ser preciso con lo que digo porque es fácil pasarse de frenada. No estoy diciendo que la ciberseguridad tradicional se haya quedado obsoleta ni que sea el fin de nada, porque seguimos necesitando proteger contraseñas, redes, identidades y datos, y quien deje de hacerlo por perseguir una idea más sofisticada está cometiendo un error serio. No hay que ser talibán con esto: no se trata de sustituir una cosa por otra, sino de añadir una capa que hasta ahora no estaba en ningún inventario de activos.

La tecnología actual ha juntado el mecanismo de Huxley y el de Orwell en la misma herramienta, y lo ha hecho a una escala que ninguno de los dos pudo imaginar. Puede generar contenido diseñado para retenernos sin fin, como el soma. Puede fabricar una imagen, una voz o un vídeo de alguien que nunca dijo lo que parece estar diciendo, como el Ministerio de la Verdad. Puede adaptar lo que vemos a lo que ya queremos creer, hasta que dejamos de contrastarlo con nada, como la flor de loto.

Un deepfake no roba una contraseña, roba la certeza de que lo que estás viendo es real, igual que una campaña de desinformación no entra en un servidor, sino en el criterio con el que interpretas lo que lees. Y un mensaje diseñado para explotar tu sesgo ni siquiera pide autorización: te lleva a decidir algo creyendo que la decisión es tuya.

Por eso creo que hay que seguir protegiendo los sistemas, los datos y las identidades, tal y como llevamos haciendo desde siempre, pero además hay que proteger algo que no aparece en ningún inventario de activos: la capacidad de una persona de distinguir la verdad de la mentira y de tomar una decisión sin que alguien se la haya preparado de antemano.

La vuelta no es recuperar el pasado

Otro punto que la historia de Odiseo deja claro es que el regreso nunca puede consistir en restaurar lo que había antes, porque Ítaca ha cambiado, Penélope ha cambiado y Telémaco ya no es el niño al que se dejó atrás. Y Odiseo tampoco es el mismo hombre.

Trasladado a mi terreno, esto tiene una lectura incómoda pero necesaria. No vamos a volver a un mundo donde la información se pudiera dar por buena solo porque la habíamos visto con nuestros propios ojos. Ese mundo ya no existe, igual que no existía la Ítaca que Odiseo dejó atrás. Lo que toca no es añorar la confianza automática de antes, sino construir, desde la desconfianza razonable de ahora, una forma nueva de verificar antes de creer.

Reflexión

Odiseo tenía delante dos caminos: podía comer la flor de loto y olvidar quién era y qué había hecho, o podía cargar con la pregunta durante todo el camino, llegar a Ítaca y responder por ello.

Creo que esa es, en el fondo, la elección que tenemos como sociedad frente a la tecnología que estamos construyendo, porque podemos dejar que nos resuelva el malestar de pensar o podemos exigirle que nos ayude a seguir viendo con claridad. No sé si tengo la respuesta completa, pero lo que sí sé es que auditar solo lo que se puede cifrar y dejar fuera lo que se puede manipular en nuestra propia cabeza, es dejar sin cerradura la puerta más importante.

La seguridad ya no es solo la capacidad de proteger sistemas, sino también la capacidad de una persona de seguir distinguiendo la verdad de la mentira cuando alguien tiene un interés claro en que no lo consiga.

¿Estamos ya midiendo esto en nuestras organizaciones, o seguimos revisando solo lo de siempre?


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